miércoles, 18 de noviembre de 2009

Irse hasta llegar al jardín

A veces pensaba que era un jardín lo que perdimos, a veces que era un río.
Habituados a la forma maquinal de las palabras, nos escurrimos demasiado pronto. Acabamos con las preguntas.
Y nos quedamos abrazados porque era lo único que teniamos: el uno al otro; y no
podíamos perdernos.
Nos abrazamos por horas hasta que paro de llover. Sentí que realmente no hacía
frío, y que el día se estaba acabando.
Yo no miraba las formas que aparecían en el agua; intentaba estarme quieta. Pero el letargo de los días pasados enfermaban la vista, la piel, las ruinas.
Una vez o dos te tambaleaste en el sillón, decidido a irte. “No estas listo”, pensé
y era verdad. Esperamos un par de horas hablando en voz baja. Esperamos sin saber
bien qué, repitiendo las letras del libro azul gigante que hería los ojos. Las
cortinas empezaban a tragarnos y las grietas que veíamos en la pared se desfiguraban
hasta convertirse en un sol, una cara, un trueno.
Solo vos sabes el color que tenian mis manos cuando nos encerramos en la casa, el
peso que tenían mis pensamientos. Seguimos a la esfinge hasta el fin, hasta que se
abrió la puerta y dijiste: “me voy, se me hace tarde”.
Ni el jardín ni el río se movían, eran impenetrables, imposibles.