sábado, 23 de mayo de 2009

De los Altos Pastos I


I
Sabe que la van a devorar, porque es un centauro y de los raros.
En ese momento puede recordar con precisión el diámetro y el peso de la Luna, aunque no leyó ese dato en ningún  lado.
Ese día, se encuentra en el día catorce de su ciclo menstrual.
Abre las piernas y la distancia entre ambas es abismal.
Camina y su siguiente paso, la aleja leguas de su paso anterior.

Caleidoscopios en perspectiva inundan su visión entre las plantas.
En el baño, los dibujos del mosaico se transforman en movimiento.

                 Ya no soy yo
                 o soy yo en
                 tercera persona.

En los sueños, también cambia la perspectiva del narrador.
Hace mucho frío; no hay más destellos. Tu mano se resbala contra la mía, helada.
El pasto alto se mete entre nosotros.
Murmullos por todos lados.
Hay grillos y animales pequeños en esta oscuridad.
Sin aliento miramos la luz que se apaga del todo a lo lejos.

Cuando entramos en la casa, vamos a la habitación y te cuento un secreto. Nada que pueda recordar ahora, no es importante. Bailamos en la oscuridad.
Estoy sola, pienso. En el fondo estoy sola.
Bebo líquido y me recuesto en la cama matrimonial.
“Que se haga agua la boca dentro del cemento. Que me parta el fuego que llevo. Que algo se destape en mi interior ahora.”
Existen infinitas maneras de tener un final. “Soy un Centauro y de los raros”, me repito.

II
Baja la cabeza cavilando, quiere poder desechar lo que la está alienando; lo que le produce la ansiedad enceguecedora, de querer resolver su vida en ese instante, esa misma noche.
Siente un relámpago en la cabeza, que amenaza con ser un trueno todo el tiempo.
Pero no sucede.
No sucede.

¿Quién es esa que se mira en el espejo con la luz apagada?
 Ruega ver un reflejo ahí en sus pupilas. Intenta que su rostro no la abandone.
 Sólo ver los ojos de su madre en los suyos la hará sentir mejor.

 III
Alguien dice que han pasado frente a la casa y se han dado cuenta de todo.
¿De qué se han dado cuenta?- se pregunta.
  
Esa cama está manchada con rastros de gente que no es la suya.
Esa habitación no la acaricia ni la arrulla.
Un rosario enorme de madera  descansa clavado en la pared del respaldo de la cama.
Las voces de afuera de la habitación se mezclan con las de su pensamiento obscenamente.
Hay ocho hombres rondando dentro de la casa. Uno de ellos entra a la habitación y masculla incoherencias.
No cree en nada de lo que sus sentidos perciben.
Miedo ancestral que  mueve a los átomos de todas las cosas y sulfura las piedras de la habitación.
                  La pared se parte y se abre.

El hombre está buscando un remedio entre sus cosas. Para ella esas acciones se
suceden como pesadillas sin final.
¿Alcanzaré a verlo en la mañana? ¿El cielo será azul? ¿Nosotros seremos humanos? 
Necesito tomar aire. Salgo tambaleando por los pasillos hasta que por fin llego al patio
Meto mis manos frías en el saco.
No puedo ver más allá de las luces de la galería  que antecede la puerta de entrada a la
casa.
La oscuridad del campo envuelve el hogar. Comienza a hacer mucho frío.
A la tarde caminamos por un sendero de piedras blancas antes de llegar al río
guardé algunas en mi bolsillo. Se forjaron en mí como diamantes brillando en el suelo.

IV
“¿Quién me cuida?” Me pregunto sobresaltada al tiempo que me incorporo de la cama.
“¿Quién nos cuida?”
Me levanto y camino por las distintas habitaciones que se aparecen como partes de un
laberinto que no termino de armar en mi cabeza.
Continúo hasta llegar a una cocina. Ahí mantengo largas conversaciones con dos
hombres. Uno es un vampiro, el otro debe ser un santo.
La luz de la cocina es amarilla. Afuera hay noche por todos lados. La helada reluciente
se cuela por las ventanas. Les digo que tengo miedo. Les pido que me protejan. No sé
si pueden entenderme. El lenguaje de las palabras es pesado; es lento y confuso.
Siempre ha sido así, pero no lo había notado tan claramente hasta este momento.
Me dan agua y el vampiro me dice que estoy pálida. Con un ademán me indica la
puerta de salida.

V
Hay un jardín si lográs salir por la puerta trasera.
En ese jardín no hay colores.
Es negro como la noche y ahí las  palabras se desgarran cuando salen de los   
labios, impidiendo que se formen oraciones completas.
En este punto, ella soy yo.
Afino el lápiz para escribir en mi cuaderno verde.
Sigo el ritmo que tiene la negrura de la tierra del jardín.
Todo es frío, y la estatua a mi lado dispara acertijos. Pero soy un centauro, no sé qué responder.
Los acertijos de la estatua, se hacen más descarnados y le resuenan en el pecho. Quiere responder pero siente miedo de  que, al hacerlo, algo culmine y no sea del todo bueno.
“Pero esto es un sueño; es un sueño y si no lo es, no voy a poder regresar jamás.”

Mis ojos no son tuyos, mi Navidad no estuvo bien, mi mamá era aquella nube de lluvia que vi a la tarde. Intenté ser  mejor; no fui buena, ni mala. No comí nada en las últimas veinticuatro horas. Lloré toda la mañana de ayer. Quise a un hombre y nadie lo sabe. El sol me daba en la cara hace unas horas; brillaban las arañas y pasaron algunos pájaros.
Intenté ir  al río, pero tuve miedo: había sombras cuando nos abrazamos y no dije nada. Mi números se mezclaron, mis cuadernos también.
Olvidé todo lo que aprendí.

VI
 Veo hacia atrás: hay un demonio verde y uno rojo. Veo al que me quiso sacar    
 un día el corazón y ahora se va, porque no es mío.
 Veo como ya nunca más voy a poder ver. Los veo y me alegra que se vayan.
  Me siento en una reposera de la galería, aliviada. Mi cuerpo cansado libró  
  doscientas batallas.
  De repente, el mundo entero está durmiendo y respirando pesadamente al
  mismo ritmo.


  Hay más palabras, pero las palabras ya son flujo.