sábado, 17 de julio de 2010

Un círculo

Un círculo
I

Flotando. Los párpados húmedos se mueven cerrados.
Mientras, cae agua y veo de repente que tu imagen se suspende ahora dentro mío. Que nunca dejó de estar en ese lugar. La construí imprecisamente con fragmentos de realidad y con fragmentos de olvido. No sabía bien que hacer con ella, no la quería desechar.
No sabía que todavía flotabas por aquí.

II


Hablemos del círculo. No hablemos de nada.
Hablemos de la primera vez que nos acostamos. No fue fácil.
Afuera, noche de lluvia.
Adentro las paredes desprendían humedad, una humedad parecida a un vapor cálido.
Cuando nos estábamos yendo de aquel lugar prestado, descubrí un círculo alrededor de la cama.
Un círculo hecho con cinta de embalar blanca.
Cuando lo vi creí que era un buen presagio: magia blanca.
Pero era sólo cinta de embalar blanca.

Esa noche, en esa habitación escuchamos Come from heaven de Alpha por lo
menos cinco veces, porque el equipo no leía ningún otro disco. Nunca pude volver a escuchar ese disco sin relacionarlo directamente con esa noche, con esa humedad y con ese círculo.

Afuera había una fiesta de nuestros amigos viejos. Nuestros amigos que cumplían treinta años.
Salimos flotando y oliendo las plantas aromáticas de la pequeña huerta, embelesados con ellas - romero para el corazón- decías. Y arrancaste un poco.

“Arriba no hace tanto frío, arriba ya no es gelidez”, pienso mientras avanzo. Y subo nuevamente a la terraza.
Allí hay gente que no conozco. Sus voces son musicales. No entiendo bien que hacen en ésta fiesta. No parecen del palo, sobre todo un grupo de chicas demasiado bien vestidas como para estar en esa terraza destruída. Se ríen a carcajadas ruidosas.
Yo miro mi vaso, tiene un vino muy oscuro, el vaso de vidrio se mancha con el vino. Bebo hasta el fondo y la acidez de la bebida me retumba en el fondo de la garganta.
Noto que todavía estamos tomados de la mano.

Luces de mentira en la calle, en todos lados. Luces que se meten en mi cabeza y me dicen a gritos que son de mentira.

Bajo las escaleras con torpeza embriagada; retumbo en cada peldaño. Me detengo en los descansos viendo las cabezas de la gente que está abajo bailando y me marean.
Tengo fiebre, tengo espasmos, “tengo que irme corriendo”, me dice la voz  a la que siempre intento callar. Pero me quedo, escuchando a la voz a la que siempre obedezco.

Hay un mar lejanamente conocido entre nuestros dedos. Cuando nos besamos por primera vez éramos solo un par de manos armando un comienzo, ahí entre las sombras.
Ahora un beso está cerca. 

El amor que no me tenés y nunca me vas a tener está presente en todos los rincones de este patio, retumba en las paredes, y me llega a los oídos. El beso llega y escucho tu respiración lenta, y huelo un poco tu aroma a cerveza y al romero que nunca me va a curar el corazón.
Unos relámpagos en el cielo anuncian nueva lluvia.
Que llueva, para que las gotas me distraigan y se lleven el mareo intenso de mi cabeza, que enreda las palabras y las ideas.

Todo el mundo está corriendo para refugiarse del agua en la cocina atestada de velas. Me muevo lenta sosteniendo tu mano.
Las llamas de las velas se mueven y proyectan sombras descomunales en la pared.
Hay olor a cera derretida y a alcohol y me encuentro diciendo que me quiero ir de ahí.
Están pasando “Girl you´ll be a woman soon” y unas chicas bailan imitando a Uma Thurman.

III

Lo sé desde que me acuerdo, soy más alta que vos. Me balanceaba en un río de arena cuando te conocí. Eras un surfer dorado y misterioso. Hacías que toda la otra gente se hiciera pequeña, aburrida .
Estando en tu cocina no quiero irme nunca de ahí, por el solo hecho de que es tu cocina.
Hay un nuevo juego de té chino arriba de la mesa. Tomamos té y yo espero que me beses. Estás concentrado contándome sobre una peli que no vi y no me interesa ver. No puedo dejar de sonreír, sigo un poco borracha.
Tu tele relampaguea y proyecta luces en la pared de la habitación contigua. Me siento torpe y poco apropiada en mis movimientos, en mis palabras. Quisiera con todas mis fuerzas ser la adecuada.

En tu baño miro mi cara largamente en el espejo viejo del botiquín viejo, la examino minuciosamente. La humedad que hay en las paredes impresiona un poco. Es una casa antigua. No me gusta el ambiente denso y casi irrespirable que ronda en las casas antiguas.
Finalmente nos vamos a acostar. Vos te dormís; yo no puedo. Estoy demasiado emocionada y revuelta y rara. Además la cama es chica, e incómoda.
Sale el sol y duermo mal, con imágenes sueltas de la noche que pasó. El círculo con cinta blanca, nuestros bailes en el patio. Mis amigas me regalaban cerveza fría. En un momento salimos a la calle con ellas y hablamos con un chico que estaba sentado en la vereda. A las tres nos gustaba y secretamente estábamos compitiendo por él.
Finalmente el chico entro a la fiesta y nosotras nos quedamos ahí, en el cordón de la vereda, tomando la cerveza de a sorbos muy pequeños porque ya estaba caliente.
Entra el sol a la habitación bañando todos los rincones, me hiere la vista y los sentidos. Es mediodía. Me quedo viendo tu rostro y después de un largo rato de examinarlo me parece un poco estúpido. La composición de tus rasgos es, en este momento, tan diferente con respecto a la que tenía armada en mi cabeza. Es que nunca había examinado tu cara desde tan cerca, a plena luz del día.
Siento una mezcla de aversión y pena hacia mí y hacia el hombre que está durmiendo a mi lado. Esto que ahora está sucediendo, yo durmiendo en tu cama, toda esta seguidilla de intimidad repentina me avergüenza un poco.
Te despertás y me mirás fijamente por un rato. Nos damos un beso suave y vos te volvés a dormir. Eso es todo.

Me visto sin hacer ruido y me voy en puntas de pie, masticando una manzana verde que había mordisqueado y abandonado en la mesa de tu cocina la noche anterior.
Los ruidos de la calle me aturden, me entristece la imagen que tengo de nosotros; el saber que no vamos a estar juntos, que no somos los adecuados el uno para el otro. Me entristece el error, el dolor de cabeza,  el estar perdida; lo inapropiado que se ve mi vestido ahora que es de día.
Siento la inminencia del llanto y no puedo contenerme. Lanzo gemidos y lloro, pasa un señor de bigotes y me mira de reojo. Estoy tan triste que no disimulo.

IV

El box de la disquería está fresco y huele a aire acondicionado, mi aroma favorito.
El dolor de cabeza se disipa a medida que mi temperatura corporal va bajando.
Cierro una cortina estampada con miles de frutillas y quedo aislada. Con los enormes auriculares sobre mis orejas escucho un disco de Tindersticks, Curtains. Me gusta la voz del cantante profunda y grave. Con los años ese disco ha dejado de gustarme.
Ahí, sumergida en un mar de aires acondicionados y cortinas de frutillas, cierro un poco los ojos, mastico mi chicle de menta y dejo de pensar por unos segundos.

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