No tuvo sentido sino hasta hace un tiempo. No tuvo sentido casi nada hasta hace un tiempo.
Las cosas son tan confusas. Desde desayunar en la mañana, almorzar al mediodía, merendar a la tarde y cenar a la noche; hasta conversar con la vecina sobre el clima, pasando por tener que ir a la escuela, que pasemos de grado, que seamos parte de un engranaje que no sabemos bien para que sirve pero lo seguimos y lo seguimos sin detenernos en muchos casos a pensar ¿Por qué?; o aprender muchas cosas cuando te interesan otras.
Y así, un sinfín de cuestiones de la vida cotidiana de todos o casi todos los seres humanos de este planeta.
Queres estar atento a otras aspectos de la realidad, pero hay tanto ruido, te llaman tanto la atención sobre lo que es realmente importante, que te olvidas de mirar un yuyito que lleva una hormiga en el lomo; de decirle a unos nenes que están jugando a que los persiguen “cuidado, ahí vienen los malos” mientras cruzas un puente de madera; te olvidas de entender que no te hace falta nada, que todo está acá; te olvidas de sentirte protegido en donde sea que estés. Te olvidas de sentir que estás a salvo y en casa, que no hay porqué tener miedo.
También te olvidas de abrazar a la gente; de besar a todos los extraños que hay en el colectivo, como hacía Aruna la hija de 6 años de Augusto; te olvidas del amor por vos mismo y del amor por los otros extraños que caminan en la calle o que te cruzás en el banco cuando pagás los impuestos.
Y todos estos olvidos te hacen sentir mal y comienzan a hacerse frecuentes y nos empiezan a dañar el cuerpo, la mente, el alma.
Ahora cada tanto, trato de acordarme de lo que pude entender hace un tiempo: cómo no estoy sola, cómo las paredes, las hormigas, las plantas, las sillas, los otros, se funden conmigo a veces y la idea de que “somos todos uno” -como recién le escuchaba decir a Bill Hicks, o como tantas veces se la escuche decir a un montón de sabios, santos, charlatanes y hasta al verdulero- se hace carne, se funde conmigo, y las lágrimas salen de mis ojos porque no puedo hacer otra cosa más que reír y llorar y sentirme bien. Estoy en casa de otra vez

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