martes, 15 de noviembre de 2011

Electricidad

Espío a las verdaderas ventanas. Se nutren de mí mientras callan, asustadas. Como el reverso, como el después de todas las cosas conocidas.
El suspiro. Una noche encallada en las palmas de sus manos. Vió transpirar el musgo en la terraza, vió la sombra que hacían las vigas, la ropa tendida en la soga; vió una lágrima que no podía salir de los ojos del chico lindo. Cuando él hablaba recordaba todos sus aciertos y sus errores, remarcados en rojo carne viva. Porque los errores son los que más se remarcan y remarcan, hasta que la hoja sangra y te ponen un 2 y te la llevas a Marzo.
Ellos no querían el brillo de una ciudad imantada, querían los fines de semana de reposo, de lluvia, de hacer pan en el horno y tomar el té mirando la lluvia desde la galería.
Pero así es el ruido y no es fácil entrever a través de otros, a veces desgasta intentarlo.

Suspender el entendimiento.
Sujetar un par de manos, las que sean.
Después soltarlas.
Seguir adelante.