martes, 11 de diciembre de 2012

La muerte




De dónde vienen las palabras.
El sonido que escucha las destrona
Un verbo asoma y muere 
y el mundo se acaba por los costados 
de las ventanillas del auto.

Silencio nada en paz.
La muerte nos busca y nos encuentra en paz,
nos lame y nos sosiega: la gran madre dormida
que siempre reposa en mi estómago.  

Surfea el desierto que hay adentro.
 Surfea en mis hilos, madre de sal. 
Surfea todo lo hondo que puedas. 
Quisiera escucharte latir en el corazón de los átomos. 
Quisiera jugar de nuevo en tu boca como un pez pequeño; secar las lágrimas.

Todo hay en el agua.
Un estanque profundo en los latidos.
Un  vacío en el fin de los ruidos.
Todo el suelo que queda debajo.


martes, 13 de noviembre de 2012

El mar de los cerrojos ansiosos

Las llaves que lo abren se pintan con amarillo sangre.
Pero el brazo no se corta: se anhela.
No sé si seguir mirando.

Hay  tréboles creciendo debajo de la tierra y el libro lo dijo; se opuso al dolor de sal. 
Se retorció con risa de palabras.
Miré el trigal que estaba escondido en tus ojos y me perdí de nuevo

El humo del amor se apagó en estallidos blancos. 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Lodo


No acostumbrada a la rapidez. Las hojas tiemblan en el vientre de los días.
Y algún recuerdo se vuelve presente en su gravidez fingida.

No quiero un niño
quiero un nuevo rostro para una nueva vida.
He leído sobre arrugas y devastación.
Mientras la materia de la que estamos hechos se transforma y envejece,
guardamos silencio sobre las rocas del desierto.
El Hombre lobo nos mira.

Miedo de cristal,
acechando los frascos
de todos los caramelos que
 no pedí.

Miré un rato el sol, murió otra tarde. El lodo en el que aparecí resultó brillante.
Es justo decir que las membranas se quiebran en determinado lugar,
mientras pensamos que no somos más que átomos con cierta conciencia.

Qué más hay?
 Leer los dolores de otros.
 Irnos.

viernes, 17 de agosto de 2012

noche/ siesta/ tarde

Noche:

Quiero un dios para esta parcela fumigada de tiempo.
Aunque escucho, escucho vieja: incendios y otras puestas de sol que desde allá me gritan cuatro cosas y un viento.
Los segundos aceleran la circulación. Algunas células se comen a sí mismas en tus  aguas profundas; en tu noche sin espasmos.  

Yo
hablo
como
en los sueños.

¿Donde vivías cuando eras chico? Te enfermaste de anginas y la soda te quemaba la garganta; querías ser viejo y vivir en el campo.
Una noche en el patio inventamos palabras y gastamos nuestros nombres. No sé si no me veías.
Ahorqué puntos en el infinito pensando que eran posibilidades. Guardé al campo entre mis piernas.

Siesta:

Atardecer sangriento de verano. Todos los árboles tenían copas y servían su sombra. Las palabras salían densas, lentas, tan pesadas como el calor.


Tarde:

Pedí a mis pasos y a otros nombres que el gran cráter no nos tragara; el sol escalaba el amarillo de la tarde en Cofico pero quemándose lento; continuando su curso.

Hay un sonido en el centro de las bombas  que apaga un ciclo. Yo fui al cine: todos morían dentro mío, cerrando los ojos, en cámara lenta.
No me escuchaste entrar porque no pisaba.
Caían gajos de mandarinas del invierno de los nueve años.   

sábado, 24 de marzo de 2012

Mi corazón

I

Inicio este momento con hilos que se pierden.

Siempre empiezo y ruedo lento, cuesta abajo; con un movimiento en el corazón.

Se están afilando las cuchillas. Las palabras esperan.

Salgo y doy un par de pasos asustados. Cuando regreso, los pasos y mi respiración se calman. Mi corazón canta la canción de los pájaros; se ahogan cuando me ven caminando por esa calle.
El silencio se despierta en la rama de algún árbol.

Cuando fuimos a comprar facturas, pasamos por el pasaje con el nombre de un señor que mataron. Dos nenes vienen caminando en dirección opuesta. No nos prestan atención. Nosotros nos parecemos a algún sueño en cada mente: empieza como un murmullo apagado y luego el sonido se hace imagen. Las figuras de la calle se mezclan con nuestras palabras.
Me concentro en mi caminar, en mi boca, en la verdad. Todas esas cosas se nutren de mi atención. Las alimento o las mato de hambre según mi práctica.

II

Ruido dentro. Silencio afuera.

La espada descansa al costado. Se vacían los secretos.

Intento cambiar lo que antes no podía.

La voz del amanecer me saluda, el perro me acompaña pero no puedo tocarlo. Antes de encontrarme con la avena y el té, se va la estrella del norte.
Yo era pequeñísima en ese mundo de luceros y silencio; veía como cambiaban mis pensamientos.

Me senté cerca de la acequia donde las espinas brotaban; donde se iluminaban las hormigas y el pasto parecía moverse todo el tiempo. Yo intentaba ver los átomos, intentaba pensar en el sol y en la forma de mis ideas.
Después bostezaba, lavaba la ropa; cambiaba de postura.



sábado, 11 de febrero de 2012

Diciembre

Sólo el viento se empecina en llegar hasta acá.
Los mareos del día, de la garganta enrojecida.
Llega el calor y el sol es más pesado.
Líquido en la terraza, tanta sequía se cae por la canilla.

La tarde en la tarde es solo un montículo de cemento en el sol. ¿Cuanto más hay desde acá hasta tu par de ojos? Es difícil calcular, no sé hacerlo. Soy un punto de arena que se pierde entre plantas crasas.

Abro una heladera que es la misma de siempre, me congelo en mis pensamientos.
Sirvo agua con una sonrisa.
Siempre brota.